En las vacaciones de marzo de 1989, fui invitado por unos amigos de la Universidad a ir a Acapulco. Al llegar allá todos nos pusimos nuestro traje de baño para ir a nadar a la alberca. Al echarme un clavado, nunca me di cuenta de la profundidad de ésta y mi cabeza de golpeó en el fondo.

El dolor fue tan intenso que de pronto todo se me oscureció y no volví a recobrar el conocimiento, sino hasta que me encontré en el hospital. Tras varios días de estar inconsciente, por fin supe el diagnóstico de los médicos: había sufrido una fractura de dos vértebras cervicales, la C-4 y C-5 lo que me dejaría cuadrapléjico.

Después de mi accidente, tuve que afrontar muchos problemas, primero, aceptarme en la situación en la que me encontraba. Luego, verme postrado en una cama y finalmente confinado a una silla de ruedas.

Al regresar a mi casa, todo me pareció diferente. Ya no era aquel lugar tranquilo y familiar de antes. Ahora cada escalón, cada puerta, cada escalera, representaban un obstáculo para mí. Mi carácter cambió y me volví duro y agresivo. Tuve muchas fricciones con mi familia porque renegaba del accidente.

Al momento de comer era peor pues me negaba a aceptar no poderlo hacer por mí mismo. Me irritaba no poderme acomodar en la cama para dormir como yo quería y tener que pedirle a mis hermanos que me ayudaran.

No me gustaba salir a la calle porque me daba vergüenza que me vieran en silla de ruedas. Mi vida estaba vacía por fuera y por dentro.

Un día, el grupo juvenil de oración de la parroquia me invitó a unirme a sus actividades espirituales y sin mucho convencimiento acepté. Conforme fueron pasando lo días, mi fe fue despertando nuevamente hasta que le volví a abrir mi corazón al Señor… y todo empezó a cambiar. Primero acepté mi situación y a convivir con mi familia, comencé a orar todas las noches, pidiéndole a Dios que me volviera a dar una oportunidad en esta vida para hacer algo útil, que ayudara a quitarme esa sensación de ser una carga, pues a más de cuatro años de mi accidente, sentía que mi familia estaba un poco cansada de pagar mis medicamentos y constantes visitas a los doctores. Y Dios me escuchó: Un día estando sentado en mi cama de agua, rodeado de almohadas para no caerme, mi sobrina de tres años llegó justo a mí con un cuaderno y un lápiz y me pidió que le hiciera un dibujo. Yo le contesté que no podía porque me era imposible mover mi cuerpo. Entonces, con la mayor naturalidad del mundo y con una inocente sonrisa me puso el lápiz entre los labios y me dijo “pues hazlo con la boca”.

Al principio me reí de su ocurrencia, pero al ver que insistía pensé que ella se sentiría defraudada si no lo intentaba, así que como pude lo hice. Tal vez no fue lo mejor, pero a ella le encantó y a mí me abrió un camino hacia un mundo diferente.

Toda esa tarde me la pasé llenando hoja tras hoja de trazos y garabatos. De ahí en adelante, día tras día durante seis meses estuve practicando el dibujo cada vez mejor y con mayor rapidez. Al cabo de ese tiempo, sucedió otra cosa increíble. Una tarde llamaron a la puerta de mi casa y mi madre me dijo que un muchacho preguntaba por mí. Cuando pasó a mi cuarto, me di cuenta de que no lo conocía, pero me aclaró que él me había visto varias veces en mi silla de ruedas en la calle y que quería hacerme un regalo. Y me entregó un estuche de pinturas y pinceles. En ese momento me convencí que la pintura sería no sólo un factor de mi recuperación, sino el motivo principal de mi existencia.

Después, uno de mis hermanos me pagó clases particulares de pintura en una escuela privada. La Universidad de Zamora me otorgó una beca para estudiar cuatro diplomados de seis meses cada uno; dos en pintura al óleo, uno en acrílico y otro en acuarela. En este último recibí mención honorífica.

Fue en el año 1993, cuatro años después de sufrir el accidente, cuando comencé a pintar formalmente. Y aunque mis primeros cuadros no fueron de lo mejor, toda la gente que los veía se admiraba de que los hubiera hecho con la boca. Y eso me fue dando mucha confianza en mi obra y en mi vida diaria.

Por fin, en 1998 me contacté con la Asociación de Pintores con la Boca y con el Pie, donde fui aceptado como socio en 1999. A partir de ese momento, mi obra ha sido conocida en muchas partes de mi país y del extranjero. He conocido otros pintores con la misma discapacidad que yo y al convivir con ellos, mi vida se ha enriquecido notablemente. Además, ahora puedo disponer de mi propio presupuesto para comprar mi material y mis medicinas. El apoyo que me ha dado la Asociación ha sido invaluable.

Actualmente no sólo me dedico a realizar mis cuadros, sino también a dar clases de pintura a alumnos con capacidades normales, lo que me hace sentir muy bien conmigo mismo.

Cuando voy por la calle en mi silla de ruedas, algunas personas me reconocen como “el pintor” y me saludan cariñosamente y me felicitan mucho por mi trabajo.

Todo esto me alienta enormemente y me ayuda a superar las crisis de salud que tengo que afrontar con cierta frecuencia.

Ahora mi vida tiene un objetivo y una razón.

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