En la escuela primaria me gustaba participar en concursos de pintura y deportes. En la secundaria sobresalí en las materias de Artística y Dibujo; además formé parte del equipo de atletismo con el cual llegamos a ganar competencias estatales y regionales.

Mi vida transcurría normalmente, hasta que en la noche del 22 de marzo de 1987 sufrí un accidente automovilístico en la carretera, recibiendo un golpe en la nuca. En el momento en que los socorristas me rescataron y me llevaron al hospital de Hermosillo, toda mi vida cambió. En el Hospital General del Estado fui recibida por el médico residente de urgencias, quien solicitó los exámenes pertinentes, radiografías, etc. El diagnóstico fue fractura de la 5ta cervical con compresión medular. Era necesaria una extracción en la cabeza para evitar mayor trauma a la médula espinal, Aunque la operación fue un éxito, mi salud se complicó. Duré un mes en estado de coma y cuatro meses en terapia intensiva. Empecé a tener problemas respiratorios a causa de una neumonía por falta de movimiento.

Desde el accidente hasta el año de 1992 mi vida estuvo marcada por paros respiratorios, neumonías y operaciones de reconstrucción. La vida familiar también sufrió cambios: mi madre dedicó mucho de su tiempo para cuidarme y estar conmigo, lo que no fue bien aceptado por mi padre y hermanos. Mi hijo Bernardo, de cuatro años de edad, era lo que me mantenía con ánimo y fuerza para vivir y luchar. Me preocupaba al pensar qué sería de él, por lo que no mostraba debilidad aunque en momentos pasaba por etapas de crisis. Ya estando fuera del hospital, tuve que enfrentar la realidad, aunque fue duro aceptar el cambio tan severo que dio mi vida. Recuerdo que, ante la mirada de mucha gente, respiraba profundo para afrontar sin traumas ni frustraciones lo que sucedía a mi alrededor.

Cuando regresé a casa después del accidente, uno de los días en que me pasaba reflexionando y mirando el techo, mi hijo me pidió ayuda con su tarea de la escuela, se trataba de hacer un dibujo referente a la primavera. En ese momento pensé: ¿y por qué no intentarlo? Al recordar mis días en la primaria, le pedí su cuaderno y lápiz y comencé a dibujar con la boca.

Así fue como empecé a practicar hasta que perfeccioné mis trazos. En una ocasión se me preguntó si pintaba al óleo y dije que no, pero en mi interior me hice nuevamente la pregunta: ¿y por qué no? Me compraron el material y sin saber nada de la técnica, ni mezclas, en 1994 hice mi primera pintura. Fue para mi un orgullo verla terminada después de muchos días de cansancio y dolor en mi boca por las ampollas que me ocasionó el pincel. Seguí pintando hasta que conseguí práctica y evité errores al aprender como utilizar la pintura.

Una tía paterna de mi hijo, que está en la Asociación de Pintores con la Boca y con el Pie, me invitó para solicitar una beca. Como al año de la solicitud, recibí la respuesta de que era aceptada, lo que me provocó gran alegría y nerviosismo, pero también una gran responsabilidad por redoblar mi empeño para desarrollar de mejor manera mi capacidad como pintora. El pertenecer a ala Asociación me había beneficiado física, emocional y económicamente, ya que me siento útil al estar ocupada y porque hago lo que me gusta.

Quiero dar las gracias a la Asociación de Pintores, a su fundador y a todos lo que colaboran con y para ella. Gracias de todo corazón.

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