• Fecha de nacimiento: 22.12.1969
  • Lugar de nacimiento: Ixtlahuaca, Mexico
  • Becaria de la AAPBP desde: 2009
  • Tipo de pintura: Pintora con la boca

Mi nombre es Adriana Leticia Estrella González,  nací el 22 de diciembre de 1969, en Ixtlahuaca, Estado de México.

Soy la menor de cinco hermanas, desafortunadamente la mayor murió en un accidente de tránsito a los 13 años y sólo quedamos 4. Mi mamá empezó a trabajar desde muy joven y no dejó de hacerlo aun después de casada. Su mamá siempre le ayudó a cuidarnos. Nací como cualquier otro bebé, todo parecía ir bien, hasta que a los ocho meses de edad notaron que no tenía fuerza suficiente para sostenerme sentada, y así se inició un largo camino de citas con médicos, hospitales, estudios, preguntas, desvelos, angustias y dolores, tanto físicos como morales.

También tenia momentos buenos cuando estaba en casa, jugaba con mis hermanas a las muñecas o a la pelota, bueno, en ese caso solo las veía, y aunque a veces me lanzaban la pelota siempre me quedaba con las ganas de salir corriendo tras ella.

Después de seis años un médico acertó a decirle a mi mamá que no había remedio para mí, que me llevara a casa y que procurara que yo estuviera contenta y nos fuimos a casa con sus lágrimas y mi asombro. Después de un año, un día vi llegar a mi mamá con una silla de ruedas. Así se cerró este agitado capítulo de mi vida.

En casa de tiempo completo, muchas veces me quedaba sola por largos ratos, ya fuera en la recámara o en el comedor donde me dejaban para que tomara el sol, también pasaba mucho tiempo con mi abuelita en la cocina mientras preparaba la comida y me enseñaba a escoger frijoles y pelar chícharos.

Por las tardes pasaba ratos con mis hermanas mientras hacían sus tareas escolares, yo preguntaba y ellas me enseñaban lo que aprendían, fue así como aprendí a leer, escribir y hacer cuentas. Mi abuelita le decía a mi mamá que no me dejara sin escuela, y ella platicó con el director de la primaria para que me recibieran como alumna. Acordaron que asistiría en el turno de la tarde porque había pocos alumnos y quizá no me molestarían tanto. Fue así que entré por primera vez a la escuela cuando tenía 9 años de edad. Pero como mis hermanas ya me habían enseñado bastante, me pasaron a tercer grado de primaria, así que la primaria la concluí en cuatro años.

Yo tenía gran ilusión, quería estudiar la secundaria pues deseaba prepararme para ser Psicóloga. Y entonces llegó un golpe: “No irás a la escuela por que está muy lejos; es necesario cruzar avenidas y es peligroso y además no hay quien te lleve”. Eso fue lo que me dijeron. Mis hermanas seguían con sus actividades normales. Atravesamos un año difícil por que mi abuelita sufrió una embolia y después de estar un mes en cama, falleció. Al siguiente año mi papá murió y mi mamá se lleno de tristeza, ya no quiso seguir en esa casa, entonces decidió que nos iríamos a la ciudad de Toluca.

“Ciudad”, esa palabra resonó en mi mente con grandes promesas de continuar mis estudios, pero llegó otro golpe, para mi sólo había cuatro paredes que me apartaron de mis sueños y de todo el mundo.

Esta casa es de dos plantas y, como arriba están las recámaras me instalaron en una de ellas, ahí me quede con mis esperanzas muertas, mientras transcurrían los días, los meses, los años y mis hermanas terminaban sus estudios, trabajaban, conocían gente, se casaban y tenían sus hijos. Yo sólo tenía encierro, soledad y tristeza. Mis únicos compañeros eran un libro, una libreta, unos colores y por supuesto, Dios. No me atrevía a pedir algo más a mi mamá porque vi cuanto le costó sacarnos ella sola adelante, y únicamente con el dinero de su jubilación. Pasamos tiempos difíciles en los que sólo había para arroz y frijoles.

No sé como sobreviví esos veinte años de nada, en los que muchas veces quise morir y vivía creyendo que esta casa era mi tumba. Estuve internada en el hospital dos veces, pensé que el fin estaba muy cerca y estaba en lo cierto, por que un día Dios me sacudió la mente y me hizo comprender que la vida es un maravilloso regalo que nadie debe rechazar; más bien es menester disfrutarla al máximo y hacer lo mejor que uno pueda, a pesar de los problemas o cualquier adversidad, y eso es precisamente lo que pienso lograr en lo que me resta de vida.

Cuando decidí hacer algo bueno con mi vida, empecé a ver posibilidades, conseguí un curso autodidacta de inglés básico, una de mis hermanas conoció a una maestra de inglés que me enseño la pronunciación y corregía los ejercicios que realizaba. Después mi mamá me regaló un libro donde aprendí computación, aunque me sentí un poco extraña, porque a pesar de conocer los programas y como elaborar documentos, no tenía computadora, y como no podíamos comprar una, mi maestra me dijo que solicitara una en el DIF. Ahí me dijeron que no podían dármela, pero me recomendaron que intentara pedirla a una empresa privada. Envié una carta a una empresa refresquera y afortunadamente me la otorgaron. Cerca de nuestra casa hay una escuela, así que pensé en poner un anuncio para hacer tareas escolares, pero nadie solicitó el servicio, me sentí triste, pero tenía que seguir adelante.

Un día llegó a mis manos el periódico y me puse a revisar los anuncios clasificados, “Trabaje desde su casa”, éste es para mí, pensé, y llamé al número telefónico que venía en el anuncio. Me contesto un joven llamado Manuel y me dijo que tendría que dirigirme a un cierto lugar, le expliqué que no podía ir y que tenía una discapacidad, pregunte si aun así podía trabajar, me dijo que sí  y que me visitaría para explicarme, pero no fue… otra vez esa tristeza que quería convencerme de que no había nada para mí! Sin embargo antes de caer, volví a llamar y esta vez sí fue a verme. Se trataba de vender unos productos ¡Upsss! Y ahora ¿a quien le vendo? Si sólo conozco a tres personas! … en fin, empecé a ofrecer los productos llamando por teléfono a las pocas personas que conocía.

Manuel y yo nos hicimos buenos amigos, me presentó a un amigo suyo que me ayudó a estudiar la secundaria en el sistema abierto. La terminé en seis meses y tuve el promedio mas alto a nivel estatal!

Un día, Manuel me invitó a un curso que ofrecía una empresa privada, él me llevó, allí me dijeron que necesitaban una persona para vender por teléfono y me dieron el trabajo, tuve temor de que mi familia no estuvieran de acuerdo, la situación era difícil pues tendrían que ayudarme a bajar y subir unas escaleras todos los días, además, nunca había salido sola a la calle. Mi mamá se preocupaba mucho por mí, y sé que lloraba a ratos, cuando yo me iba. Trabaje durante catorce meses, en los cuales me sucedió un poquito de todo. Económicamente, no me convenía mucho, por que el transporte iba por mi cuenta, dos taxis por día.  Pero, ¿Quién no pagaría dos tercios de su salario? por ¡vivir algo nuevo!

Aprendí mucho del mundo, de los demás y de mi misma. Decidí renunciar porque ya no había posibilidades  de  crecimiento ni profesional, ni personal.

Buscando… buscando… me ofrecieron una beca para tomar un curso de pintura textil, ¡volver a pintar me hizo recordar todo lo bonita y maravillosa que es la vida! me encanta pintar porque puedo crear mi propia realidad.

Un día revisé los números que tenía registrados en mi celular y encontré el de Rafael Márquez, un amigo que conocí en mi primer trabajo; le envié un mensaje para saludarlo y comprobar si aun tenía el mismo número. Por la tarde de ese mismo día me llamó y platicamos un rato. Yo le comenté que me estaba dedicando a la pintura y que lo realizaba con la boca debido a mi poca movilidad, él me contestó muy entusiasmado: ¨Yo tengo una amiga que pinta como tú. ¿Por qué no le llamas? Tal vez hagan algo juntas¨.

Fue de esta manera que conocí a María Alejandra Nava Neri, becaria de la Asociación de Pintores con la Boca y con el Pie. Ella me platicó que estaba en la Asociación y que así había cambiado su vida. Me invitó a su casa, vi sus cuadros, me dio algunas recomendaciones para pintar y me dijo que quizá yo podía ingresar a la Asociación igual que ella.

En diciembre de ese mismo año (2007), Ale, como le decimos de cariño, me invitó a ir con ella a la cena de Navidad que realiza cada año la Asociación. Me recomendó que llevara algunos cuadros para mostrarlos al señor John Grepe, el Director de la oficina de México.

John Grepe era un hermoso ser humano, que irradiaba amor y entusiasmo. El cansancio debido a su avanzada edad, no opacaba el brillo de su corazón. Me saludó y me preguntó algunas cosas sobre mí. Llevé tres cuadros, él los observó y me dijo que sí podía llenar la solicitud de ingreso a la Asociación.

Le dejé esos cuadros y le envié después otros más, con los documentos y fotografías que pedían en la Asociación. Fue emocionante e interesante todo ese proceso. Aunque la incertidumbre del tiempo de espera fue también angustiante. Precisamente el día 6 de enero de 2009, (día de Reyes) llegó la notificación de mi aceptación como becaria en APBP. Realmente para mí fue un regalo de Dios esta oportunidad.

Estoy feliz de pertenecer a una empresa de gente tan valiosa y cada día procuro hacer un mejor trabajo.

Hay tanto que pintar, cada día hay nuevos retos, debido a mi discapacidad, tengo que esforzarme doblemente para lograr lo que quiero, pero no importa, porque ¡tengo Fe y Muchas ganas de Vivir!

Dios es bueno, y solo da cosas buenas, lo único que tenemos que hacer es abrir el corazón para verlas…

¡GRACIAS!

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